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Cómo moderar un grupo focal en un colegio: consejos y anécdotas

Foto del escritor: Aarón Rosette
Aarón Rosette
hace 16 horas
9 min de lectura

Esto es lo que aprenderás

  • Por qué moderar un grupo focal es, sobre todo, cuidar a quien se anima a hablar.

  • Cómo frenar con cortesía a quien acapara la palabra y abrirle espacio a quien calla sin ponerlo en evidencia.

  • Qué cambia cuando el grupo focal es con niños o con adolescentes, y por qué la sesión tiene que durar menos.

  • Qué hacen los observadores que el moderador no alcanza a ver, y por qué conviene grabar su conversación posterior.

  • Cuánto desgasta moderar varias sesiones seguidas y qué descanso respetar entre una y otra.

  • Qué detalles pequeños salvan la sesión: la grabación en audio, las etiquetas con el nombre y la decisión sobre la cámara de video.


Una sala de reuniones vacía contiene una mesa redonda con siete cuadernos, bolígrafos y una grabadora digital en el centro.

Hace unos años, en un grupo focal con familias de un colegio, una madre se animó a contar algo que le incomodaba del servicio. No había terminado la frase cuando un padre la interrumpió para desestimar su comentario delante de todos. Ella sonrió, asintió y no volvió a hablar en toda la sesión.


Desde fuera, parecería un episodio menor. Para mí, fue la lección más clara de lo que significa moderar un grupo focal.


La guía de preguntas era buena, la sala estaba bien preparada y el grupo había sido elegido con cuidado. Nada de eso evitó que una voz se apagara en el primer minuto. Lo que estaba en juego era la manera en que el moderador cuida la conversación mientras ocurre.


En un artículo anterior expliqué cómo hacer un grupo focal en un colegio, paso por paso, desde el objetivo hasta el plan de mejora. Lo que sigue proviene de la experiencia de los grupos focales que he moderado en colegios privados con familias, docentes, personal administrativo y alumnos, con el respaldo de la literatura sobre entrevista cualitativa.


El moderador desde adentro


Quien modera un grupo focal entra a la sala con una posición de poder que nadie enuncia. Es quien hace las preguntas, quien decide a quién dar la palabra y cuándo cerrar un tema.


Kvale (2011) describe esa asimetría como una característica inherente a la entrevista de investigación, y en un grupo se multiplica, porque además de la relación con el moderador están las relaciones entre los propios participantes. Reconocerla es el primer paso para no abusar de ella.

Lo que más cuesta aprender es no opinar. El moderador no asiente con la cabeza cuando alguien dice algo con lo que coincide, no frunce el ceño ante lo que le parece injusto y no cuestiona a nadie. Su tarea es provocar que los demás recuperen su experiencia y la cuenten.


Cada gesto de aprobación o rechazo le dice al grupo qué respuestas quiere escuchar, y a partir de ahí la información se contamina. Eso no significa volverse frío. Se puede ser cercano y objetivo a la vez. La frontera está en que la calidez vaya dirigida a la persona y nunca al contenido de lo que dijo.


Esa misma distancia hay que guardarla con los propios prejuicios.


Confieso que en la anécdota que les conté al principio, aquel padre que interrumpió me cayó mal. Sentí el impulso de corregirlo, pero me contuve. Le devolví la palabra a la madre con naturalidad, sin señalar a nadie, y me aseguré de que durante el resto de la sesión hubiera espacio para ella.


Que alguien nos resulte antipático no invalida lo que dice, y que alguien nos parezca elocuente tampoco vuelve más importantes sus ideas. Ese criterio se aplica en la sala y, con la misma firmeza, cuando se analizan las grabaciones.


Nunca falta quien habla sin dejar hablar a los demás. Frenarlo es parte del oficio, y la cortesía es la herramienta. Un «gracias, me interesa mucho escuchar también a los demás sobre esto» basta en la mayoría de los casos.


Del otro lado está quien no habla. Las etiquetas con el nombre pegadas a la ropa ayudan más de lo que parece, porque permiten dirigirse por su nombre a la persona que lleva veinte minutos en silencio y abrirle la puerta sin ponerla en evidencia.


Decir los nombres tiene además una ventaja práctica que se agradece después: al transcribir, se sabe quién habló.


Hay una situación en la que el silencio no es timidez. En los estudios de clima laboral, es frecuente que alguien piense que lo que diga puede costarle el empleo. Ahí el moderador tiene que construir confianza antes de preguntar nada.


Explica para qué sirve la sesión, cómo se protegerá el anonimato y qué pasará con las grabaciones, y lo hace con calma, sin prisa por empezar.


La composición del grupo también cuenta, y mucho: si en la mesa hay alguien con personas a su cargo, los demás no dirán lo que piensan. Ese es un asunto de diseño que trato en la guía general, pero el moderador lo sufre en la sala si no se resolvió antes.


Kvale (2011) insiste en la sensibilidad del entrevistador hacia los temas que pueden afectar a los participantes.

En un colegio, esos asuntos aparecen sin avisar: una familia que pasa por una situación económica difícil, un docente que se siente maltratado por la dirección, un alumno que describe un episodio de acoso. El moderador no los esquiva, pero tampoco los explota. Formula la pregunta con cuidado, da tiempo y, si nota que alguien se incomoda, cambia el ángulo sin cerrar el tema de golpe.


Un último consejo, y es el que más repito a quienes empiezan. Antes de moderar un grupo focal, conviene haber observado varios. Se aprende más mirando cómo otro moderador recupera una conversación que se desvía que leyendo diez manuales.


Moderar con niños y adolescentes


La mayoría de los manuales de grupos focales están escritos pensando en adultos. En un colegio, buena parte de las voces que interesan son de alumnos, y con ellos las reglas cambian.


Con niños, la sesión tiene que ser corta. Una hora larga de preguntas y respuestas en una mesa no la aguanta un grupo de primaria, y lo que se obtiene después de los primeros veinte o treinta minutos suele ser ruido.


Hay que mantenerlos motivados, y eso suele lograrse con dinámicas en las que se expresen de otra forma: dibujar, ordenar tarjetas, completar frases, elegir entre imágenes. Muchas veces el juego dice más que la pregunta directa.


El moderador deja de ser alguien que pregunta y se vuelve alguien que propone actividades y escucha lo que surge mientras las hacen.


Con adolescentes, el reto es distinto. Hablan menos que los adultos y, sobre todo al principio, miden lo que dicen. Ayuda que el moderador no sea una figura de autoridad del colegio, que las preguntas iniciales sean fáciles de contestar y que las primeras intervenciones reciban una acogida neutra. Cuando uno de ellos rompe el hielo, los demás suelen seguir.


En ambos casos, la duración se decide por la edad y no por la guía. Si la guía no cabe en el tiempo que el grupo puede sostener, se recorta la guía.


Los observadores, el equipo que no se ve


El moderador no alcanza a ver todo. Está pendiente de la guía, del tiempo, de quién pidió la palabra y de cómo formular la siguiente pregunta.


Mientras tanto, alguien cruzó los brazos cuando se mencionó a la dirección, dos madres intercambiaron una mirada al oír cierta cifra y un docente dejó de tomar notas en cuanto se habló de su área. Esa información se pierde si nadie la está mirando.


Por eso recomiendo que en cada grupo focal haya uno o dos observadores. Su trabajo es atender las reacciones: microexpresiones, posturas, cambios en el tono, a quién mira cada persona antes de contestar. No intervienen en la conversación. Si notan algo que el moderador debe saber en ese momento, se lo hacen llegar con una nota discreta.


Lo ideal es que estén detrás de una cámara de Gesell, donde ven sin ser vistos. Pocos colegios cuentan con una, y no hace falta renunciar a los observadores por eso.


Sin cámara, se distribuyen en distintos puntos de la sala, de modo que cada uno tenga un ángulo diferente del grupo, y procuran ser tan poco visibles como permita el espacio. Lo que no conviene es llenar la sala de observadores. Si son tantos como participantes, el grupo se siente examinado y la conversación se vuelve cautelosa.


Hay una práctica que considero tan importante como la sesión misma. Al terminar, antes de que se enfríen las impresiones, el moderador y los observadores se reúnen durante unos minutos para intercambiar lo que cada uno vio, y esa conversación se graba.


Esa grabación se convierte en una fuente más para el análisis, y evita que detalles valiosos se pierdan en la memoria de cada quien. Lo que uno percibió desde su ángulo completa lo que otro no vio.


Los observadores ayudan a interpretar aspectos sutiles del comportamiento.
Los observadores ayudan a interpretar aspectos sutiles del comportamiento.

El costo invisible de moderar


Moderar cansa. Esto lo dice poca gente, y es útil saberlo antes de programar varios grupos focales en un mismo día.


Mantener la atención sobre seis u ocho personas durante hora y media, recordar lo que cada una dijo para no repetir preguntas, decidir en segundos si una desviación vale la pena o hay que retomar el tema, y además controlar los propios gestos: todo eso consume energía, aunque se esté sentado.


El desgaste es mayor cuando se abordan situaciones difíciles. En un colegio aparecen con frecuencia: familias que se sienten desatendidas, docentes que describen un ambiente de trabajo tenso, alumnos que cuentan experiencias que nadie en la institución conocía. Escuchar eso con atención plena, sin reaccionar y sin dejar de conducir, deja una fatiga mental.


Por eso, cuando hay varios grupos focales seguidos, recomiendo un descanso de al menos una hora entre uno y otro.


Parte de ese tiempo se va en la reunión de observadores que describí arriba. El resto sirve para que el moderador se recupere, revise la guía y entre al siguiente grupo con la misma atención con la que entró al primero.


Un moderador agotado se vuelve permisivo con el que acapara, deja de ver al que calla y empieza a asentir sin darse cuenta.


La presencia del moderador también cuenta. Las personas leen su seguridad y su calma, y responden a ellas. Llegar con la logística resuelta, con la guía dominada y con el tiempo bajo control permite que esa seguridad sea real y no una actuación. El grupo lo percibe.


Detalles que salvan la sesión


Estos son algunos consejos que he aprendido a lo largo de varios años, advertencias que pueden arruinar un grupo focal y que es mejor controlar.


Revisar la tecnología antes de cada grupo focal


Probar la grabadora en la sala, con el ruido real, y confirmar que graba y que se escucha. Llevar pilas de repuesto, cargador, una segunda grabadora si es posible. Una sesión que no quedó grabada no existe para el análisis.


Audio sí; video, con reservas


La literatura suele recomendar grabar en video para conservar el lenguaje no verbal (Hamui-Sutton y Varela-Ruiz, 2013).

Mi experiencia en colegios me ha enseñado algo distinto. Una cámara intimida, y muchas personas hablan menos o se cuidan más cuando la ven.


Si existe una cámara de Gesell que permita grabar desde fuera, el video es valioso. Si no, prefiero quedarme con el audio y confiar lo no verbal a los observadores.


Etiquetas con el nombre


Utilice etiquetas adheribles con el nombre de cada participante, incluido el moderador y los observadores. Permiten dirigirse a cada persona por su nombre y facilitan la transcripción. Cuestan poco y rinden mucho.


La duración real


Entre una hora y hora y media es el rango en el que un grupo de adultos conversa con interés. He tenido sesiones de hora y cuarenta y es el límite; a partir de ahí la atención cae y las respuestas se acortan.


Presencial o en línea


La sesión presencial es más rica, porque permite ver detalles que son difíciles de percibir en una videollamada. Dicho esto, he moderado grupos focales en línea que funcionaron bien, y es una opción válida cuando el presupuesto o la distancia lo exigen.


Requiere un moderador cómodo con la herramienta, paciencia con los silencios y una regla clara sobre cámaras encendidas.


Un buen sabor de boca


Agradecer, cerrar los temas que quedaron abiertos y explicar qué pasará con lo conversado. Las personas que salen de un grupo focal sintiéndose escuchadas hablan bien del colegio y vuelven a participar cuando se les invita.


Lo que queda después de la sesión


Un grupo focal bien moderado produce información que no habría salido de otra forma, dicha por personas que se sintieron seguras para decirla. La técnica se aprende; la sensibilidad para leer una sala, para saber cuándo callar y cuándo devolver la palabra, se construye grupo tras grupo.


Si va a moderar uno pronto, observe primero, prepare más de lo que cree necesario y entre a la sala sin opinión propia ni prejuicios. Buena suerte.



Referencias


Hamui-Sutton, A., y Varela-Ruiz, M. (2013). La técnica de grupos focales. Investigación en Educación Médica, 2(5), 55-60.


Kvale, S. (2011). Las entrevistas en investigación cualitativa. Morata.


Sobre el autor


Aarón Rosette


Conferencista internacional y consultor especialista en marketing educativo y análisis de datos, con una trayectoria que destaca por la integración del rigor académico y la práctica estratégica. Es coautor del libro Marketing digital para instituciones educativas (Ediciones Granica, 2023), una de las obras de referencia más importantes del sector.


Su experiencia se centra en la realización de estudios de mercado para colegios y universidades de Iberoamérica, donde promueve la toma de decisiones institucionales fundamentadas en datos para la mejora de la experiencia de la comunidad escolar. Como ponente, ha participado en foros de alta relevancia como el evento Oxford 360° de Oxford University Press y el Congreso Escuelas memorables de Editorial Santillana.

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